Cuidar el negocio sin hipotecar lo que lo sostiene

En la Argentina de hoy, hablar de sustentabilidad puede parecer un lujo. Con la economía en modo supervivencia, las empresas revisan costos, ajustan presupuestos y concentran sus esfuerzos en mantener el negocio a flote. En ese escenario, las inversiones ambientales tienen que justificar cada peso. Y muchas veces, la primera tentación es postergarlas.
Afuera tampoco soplan buenos vientos. La presión política, la incertidumbre económica y el avance de discursos que presentan la agenda climática como un obstáculo para el crecimiento llevaron a distintas empresas a revisar sus compromisos ambientales. Algunas moderaron sus objetivos, otras redujeron sus esfuerzos y varias optaron por hablar menos del tema. El entusiasmo verde, al parecer, también tiene presupuesto.
Pero hay una pregunta que suele quedar afuera de las planillas financieras. ¿Estamos ahorrando hoy o acumulando una factura que vamos a tener que pagar mañana?
Cuando el clima golpea el balance
La discusión puede parecer abstracta hasta que aparecen las pérdidas. En la Argentina, los efectos de los eventos climáticos extremos ya tienen un precio concreto.
Según el Banco Mundial, las inundaciones provocan pérdidas de activos de alrededor de US $1.000 millones anuales en el país. El organismo también advierte que, desde 1980, estos fenómenos ocasionaron pérdidas económicas por unos US$ 22.500 millones. No son proyecciones lejanas ni escenarios hipotéticos. Son daños que afectan viviendas, infraestructura y actividades productivas.
La sequía de la campaña agrícola 2022/23 ofreció otra muestra de lo que está en juego. La Bolsa de Comercio de Rosario estimó que las pérdidas de ingresos para los productores de soja, trigo y maíz superaron los US$ 14.140 millones. Al incorporar el impacto sobre el resto de la economía, la cifra ascendía a unos US$ 19.250 millones, equivalentes a tres puntos del PBI que se proyectaba para 2023.
La naturaleza no necesita presentar un presupuesto para afectar las cuentas de un país. Y cuando lo hace, la discusión sobre cuánto cuesta prevenir suele llegar bastante tarde.
Por supuesto, no todos los fenómenos extremos pueden atribuirse exclusivamente al cambio climático. La exposición de las ciudades, la infraestructura, el uso del suelo y la capacidad de prevención también influyen en los daños. Precisamente por eso, la adaptación y la gestión de riesgos forman parte de cualquier estrategia seria de sostenibilidad.
Menos marketing, más negocio
Durante años, una parte del mundo empresarial trató la sostenibilidad como un departamento separado de las operaciones. Un informe anual, una campaña de comunicación y una lista de compromisos que quedaban muy bien en la presentación institucional, mas atado a lo reputacional, de hecho, gran parte de la pauta institucional publicitaria migró a la caja de las gerencias de sustentabilidad.
Esa lógica irremediablemente tenia que cambiar. Hoy tiene cada vez menos sentido. Una empresa que depende del agua, la energía, los alimentos, las materias primas o una cadena de proveedores expuesta a eventos extremos no puede considerar los riesgos ambientales un asunto ajeno a su actividad.
El Banco Mundial ofrece un dato que ayuda a dimensionar esa dependencia. Según su informe Valorando el Agua, la falta de seguridad hídrica le cuesta a la Argentina alrededor del 2,2% del PBI, unos US$ 11.800 millones. El agua es indispensable para la producción agropecuaria, la industria, la generación de energía y el comercio exterior.
Para una empresa, esa dependencia puede traducirse en mayores costos, interrupciones productivas o dificultades para conseguir insumos. Mejorar la eficiencia energética, reducir el consumo de agua, recuperar materiales y adaptar instalaciones no garantiza ganancias automáticas, pero puede ayudar a reducir riesgos y evitar pérdidas.
La clave está en distinguir las inversiones que generan resultados de las que apenas producen titulares. No todo proyecto presentado como sostenible merece un cheque en blanco. Hace falta medir, comparar costos, establecer objetivos y demostrar qué cambia efectivamente en el negocio.
La sostenibilidad necesita menos promesas y más evidencia. Y esa exigencia debería servir para mejorar las decisiones, no para justificar el abandono de toda la agenda.
El costo de mirar para otro lado
El problema aparece cuando el análisis financiero contabiliza el costo de actuar, pero deja en segundo plano el de no hacerlo.
¿Cuánto pierde una fábrica si una inundación interrumpe su actividad? ¿Qué sucede cuando una sequía compromete el abastecimiento de agua? ¿Cuánto cuesta depender de un proceso que consume energía de manera ineficiente o de una materia prima cada vez más difícil de conseguir?
Las respuestas varían según el sector y el tamaño de cada compañía. Pero ignorar esas preguntas no hace desaparecer los riesgos. Apenas los deja fuera del presupuesto hasta que se convierten en un problema operativo.
En una economía donde el crédito es caro, los márgenes son ajustados y la planificación de largo plazo suele quedar subordinada a la urgencia, invertir en prevención puede resultar difícil. Sin embargo, la escasez de recursos también obliga a elegir mejor dónde ponerlos.
Eso supone evaluar cada iniciativa con criterios concretos, identificar los riesgos más relevantes y priorizar las medidas que puedan reducir costos, proteger activos o sostener la producción. No se trata de invertir en cualquier cosa por llevar la etiqueta verde. Se trata de evitar que la urgencia de hoy termine generando un problema todavía más caro mañana.
Una responsabilidad que no se resuelve en soledad
Las empresas no pueden cargar por sí solas con la transición. Necesitan infraestructura, financiamiento, reglas claras y políticas públicas que permitan planificar. Cuando las condiciones cambian permanentemente o las señales institucionales desalientan las inversiones de largo plazo, avanzar se vuelve más difícil.
Pero la responsabilidad tampoco termina en el Estado. Las compañías deciden qué producen, cómo lo hacen y qué riesgos están dispuestas a asumir. Y las decisiones individuales, aunque importantes, tienen un alcance limitado cuando los sistemas de energía, transporte, producción y consumo siguen funcionando de la misma manera.
El riesgo aparece cuando todos encuentran una razón para esperar. El Estado posterga las políticas ambientales, las empresas dejan sus compromisos para más adelante y las personas pierden interés en modificar sus hábitos. Cada actor supone que el otro debería dar el primer paso.
Mientras tanto, los riesgos climáticos siguen acumulándose.
Abandonar la agenda ambiental no significa recuperar libertad para crecer sin límites. Significa renunciar a herramientas que pueden ayudar a anticipar problemas y reducir la exposición a daños que afectan tanto a las empresas como a la economía en su conjunto.
Invertir, incluso cuando no está de moda
Entonces, ¿es necesario invertir en sostenibilidad en la Argentina de hoy?
La respuesta no puede ser un sí automático. Cada empresa tiene necesidades, recursos y riesgos diferentes. Las inversiones deben evaluarse por su impacto real y no por la conveniencia de exhibirlas en una presentación corporativa.
Pero tampoco alcanza con invocar la crisis económica para postergar indefinidamente cualquier acción. La sostenibilidad debe integrarse en las decisiones de inversión, producción y abastecimiento, con objetivos medibles y resultados verificables.
El desafío es dejar de tratarla como un gasto aislado y empezar a evaluar qué valor aporta, qué riesgos reduce y qué pérdidas puede evitar. En algunos casos, la inversión tendrá un retorno financiero directo. En otros, permitirá proteger la continuidad operativa, cumplir exigencias comerciales o prepararse para escenarios cada vez más inciertos.
Nada de eso garantiza el éxito de un negocio. Pero abandonar la prevención tampoco garantiza el ahorro.
Las empresas pueden retirar sus compromisos de una página web, cambiar el discurso de sus reportes o reducir el presupuesto de sostenibilidad. Lo que no pueden hacer es eliminar su dependencia del agua, la energía y los recursos naturales. La pregunta, entonces, no es solamente cuánto cuesta invertir en sostenibilidad en la Argentina de hoy. También es cuánto puede costar no hacerlo.
Porque el cambio climático no espera a que mejore la economía. Y la factura de la inacción, tarde o temprano, llega.