Argentina tiene gas para abastecerse durante décadas, exportar al mundo y soñar con convertirse en una potencia energética. Pero alcanza una semana de frío intenso para que aparezcan los cortes, las restricciones y las recomendaciones de dormir con pullover. Bienvenidos al país donde el problema no está bajo tierra, sino encima… y donde la solución también genera nuevos problemas.
Si un marciano aterrizara en Argentina durante una ola polar y leyera los titulares, probablemente concluiría que el país se quedó sin gas. Después caminaría unos kilómetros hasta Vaca Muerta y descubriría una de las mayores reservas de gas no convencional del planeta. Sin necesidad de recurrir a su avanzada inteligencia extraterrestre llegaría rápidamente al diagnóstico: no falta gas, faltan caños.
Aunque, para ser justos, tampoco alcanza con poner caños como si fueran cables de extensión. Porque cada nuevo gasoducto también deja su propia huella sobre el territorio.
Ahí aparece la verdadera paradoja energética argentina: necesitamos mover un recurso que tenemos de sobra, pero la infraestructura necesaria para hacerlo tampoco es ambientalmente inocente.
Durante años el debate estuvo centrado en producir más. Y se produjo más. Muchísimo más. Vaca Muerta dejó de ser una promesa geológica para convertirse en una máquina de romper récords. La producción crece, las exportaciones entusiasman y los discursos oficiales (de gobiernos de todos los colores) presentan al gas como el gran pasaporte al desarrollo.
Hasta que llega julio, entonces el país recuerda que el gas también necesita viajar. Y que los milagros geológicos todavía no aprendieron a desplazarse por telepatía.
La ola polar que congeló el relato
La primera semana de julio volvió a exponer las costuras del sistema energético. Con temperaturas extremas en buena parte del país, la demanda residencial alcanzó niveles históricos y el Gobierno activó el protocolo de emergencia para garantizar el abastecimiento de los hogares.
¿La consecuencia?
Más de 500 industrias recibieron restricciones o cortes en el suministro de gas. Decenas de estaciones de GNC suspendieron totalmente el expendio mientras otras operaron con fuertes limitaciones. Incluso algunas centrales eléctricas debieron reemplazar gas por combustibles líquidos, más caros y más contaminantes. El mensaje fue claro: cuando hace mucho frío alguien tiene que apagar la estufa… industrial.
Todo esto mientras Vaca Muerta seguía produciendo a niveles récord.
El verdadero cuello de botella
La explicación no está en los pozos sino en los mapas. Argentina aprendió a extraer gas mucho más rápido de lo que aprendió a transportarlo. El Gasoducto Presidente Néstor Kirchner alivió parte del problema. La reversión del Gasoducto Norte permitirá dejar atrás la histórica dependencia del gas boliviano. Pero todavía faltan ampliaciones, conexiones e inversiones para que toda esa producción llegue donde hace falta.
Pero hay más, la Argentina tiene una Ferrari solo que ahora descubrimos que no hay ruta y que construirla también implica desmontar parte del paisaje.
La tercera paradoja
Cada invierno renace la misma discusión. Un sector reclama más gasoductos, otro responde que más gasoductos significan profundizar la dependencia de los combustibles fósiles y ambos tienen una parte de razón. Porque Argentina enfrenta cuatro realidades al mismo tiempo. Necesita más energía, tiene el gas, necesita infraestructura para moverlo y esa infraestructura también tiene costos que rara vez aparecen en los discursos inaugurales.
Los caños también dejan cicatrices
Existe una tendencia bastante curiosa en la discusión pública. Cuando faltan gasoductos, parecen la solución a todos los problemas, cuando se anuncian, pareciera que fueran simples líneas dibujadas sobre un mapa pero la realidad es bastante menos prolija.
Cada nuevo gasoducto implica abrir cientos de kilómetros de trazas, remover grandes volúmenes de suelo, atravesar ríos, humedales, zonas agrícolas y ambientes naturales, fragmentar hábitats y alterar ecosistemas que después no siempre vuelven a ser los mismos.
A eso se suman las emisiones generadas durante la construcción y operación, además de un invitado habitual del negocio gasífero: las fugas de metano, un gas de efecto invernadero cuyo impacto climático es muy superior al del dióxido de carbono en las primeras décadas de permanencia en la atmósfera.
En otras palabras, los caños no contaminan solo cuando transportan gas. También dejan una huella desde el momento en que empiezan a enterrarse.
No todo se resuelve con más caños
La discusión, entonces, no debería reducirse a una competencia entre «más gasoductos» o «ningún gasoducto».
La verdadera pregunta es cómo construir la infraestructura que hoy necesita el sistema energético sin hipotecar la infraestructura que exige el sistema del mañana.
Porque la transición energética también necesita caños, pero además necesita líneas de alta tensión, almacenamiento, redes inteligentes, electrificación del consumo, eficiencia energética y una planificación capaz de mirar más allá del próximo invierno.
En conclusión: Entre la urgencia energética, la abundancia del recurso y el costo ambiental de moverlo, Argentina sigue buscando el equilibrio. Mientras tanto, cada invierno confirma que las únicas cosas que circulan sin obstáculos son las discusiones.