En la Bioferia 2026 participé de una charla en el espacio Casin sobre la película Una canción para mi tierra. El film muestra algo bastante incómodo: una escuela rural rodeada de campos donde se fumiga con pesticidas. Sí, chicos estudiando mientras alrededor vuelan químicos. Una postal que no entra en los folletos del “campo que nos da de comer”.

Después del tráiler tiré una idea que escuché de Gunter Pauli, el de las preguntas valientes: ¿qué clase de economía construimos para necesitar fumigar niños para comer? ¿En qué momento decidimos que lo sano sea un lujo y lo tóxico una promo 2×1? ¿Y cómo llegamos a naturalizar perforar un glaciar para sacar minerales, aunque eso ponga en riesgo el agua?

Pero claro, siempre aparece el argumento estrella: “cuidar el ambiente arruina la economía”. Un clásico, tan sólido como promesa electoral.

Si miramos a Donald Trump, encontramos una versión premium de esta idea. El mandatario repitió hasta el cansancio que combatir el cambio climático iba a fundir a Estados Unidos. Se retiró del Acuerdo de París diciendo que le costaba “billones de dólares” a su país, y hasta advirtió e intimidó al mundo que abandonar la “farsa ecológica” era condición para no fracasar. Un super mega influencer del negacionismo, básicamente.

Y si eso te suena familiar, no es casualidad. Porque en Argentina tenemos nuestra versión libertaria del “el problema no es el incendio, es el costo del matafuego”, nuestro presi Javier Milei. Acá no hizo falta intimidar a nadie para bajarse del barco ambiental, directamente se decidió que el barco molestaba.

El razonamiento es siempre el mismo: cualquier regulación ambiental es un gasto, un obstáculo, una traba. Pero, detalle menor, se olvidan de contar cuánto cuesta no hacer nada. Porque claro, el costo de la acción se grita, pero el costo de la inacción se disfraza de “desastre natural”. Como si las inundaciones, los incendios o las olas de calor fueran obra de una deidad enojada con nosotros y no de un modelo productivo que las genera.

Los números que tanto gustan (cuando conviene). 

Llegó a mis manos un estudio muy interesante de la Brookings Institution (y que me convenció de escribir esta nota). El trabajo mostró que el cambio climático ya le cuesta a un hogar promedio en Estados Unidos entre 219 y 571 dólares al año. Y en algunos casos, más de 1000. O sea: el “ahorro” de no hacer nada sale bastante caro. Pero ese dato, curiosamente, no suele aparecer en los discursos oficiales.

Porque el relato dominante impulsado durante décadas por industrias extractivas, insiste en que actuar es carísimo. No por casualidad, en los 90 el American Petroleum Institute financió estudios para demostrar que cualquier intento de reducir emisiones iba a destruir la economía. Spoiler: omitieron el pequeño detalle del costo de no hacer nada. Un olvido bastante conveniente.

Y esa tradición sigue viva. Hoy, gobiernos como el nuestro usan análisis de costo-beneficio bastante creativos para justificar retrocesos ambientales. La reforma de la ley de glaciares en nombre del “progreso” es un buen ejemplo, la misma lógica de siempre, pero con PowerPoint nuevo.  Otro ejemplo del espanto, y en relación a los glaciares es el mapa de la pobreza minera en Latinoamérica que revela una paradoja: las regiones con mayor extracción de recursos (cobre, litio, oro) suelen coincidir con zonas de alta pobreza, marginación y conflictos socioambientales. Este extractivismo, concentrado en países andinos y Centroamérica, genera escaso desarrollo local y alto impacto ambiental, evidenciando una desconexión entre riqueza minera y bienestar social. ¿Y el progeso?, ¿Y el crecimiento?. flop…

Pero existe mucha mas evidencia. Otros estudios muestran algo bastante menos marketinero pero más real, como que reducir la contaminación mejora la salud. Menos asma, menos enfermedades respiratorias, menos muertes prematuras. Pero claro, eso no cotiza igual que un mineral raro.

Ahora, dato incómodo: proteger el ambiente puede impulsar la economía. Sí, leíste bien. La Ley de Aire Limpio de 1970 redujo la contaminación y, al mismo tiempo, favoreció el crecimiento económico. Raro, ¿no? Resulta que no todo es blanco o negro, aunque algunos prefieran narrarlo como si fuera un clasico Boca-River.

Y después está el argumento doméstico: “la tecnología limpia es cara”. Bueno, sí, a corto plazo puede doler. Cambiar a una cocina de inducción, mejorar el aislamiento o usar iluminación LED implica inversión. Pero también genera actividad económica y, con el tiempo, reduce costos. Es decir, gastás hoy para no seguir perdiendo mañana. Un concepto que en la macro argentina suena casi revolucionario.

Acá es donde entra otra comparación inevitable con el modelo de Javier Milei: la obsesión por el ajuste inmediato, aunque el costo a futuro sea mayor. Es como vender las ventanas para pagar la calefacción. Funciona… hasta que llega el invierno.

Por supuesto, no es lo mismo hablar de Estados Unidos que de países con problemas económicos como Argentina. Pero incluso ahí, la evidencia es bastante clara. Un estudio que analizó datos de 172 países concluyó que no hay una contradicción inevitable entre adaptarse al cambio climático y mantener la estabilidad fiscal. Sí, se puede cuidar el planeta sin prender fuego la economía. Aunque suene a herejía en ciertos círculos.

Entonces, ¿por qué seguimos atrapados en esta falsa dicotomía? Porque es útil. Porque simplifica. Porque permite justificar decisiones que benefician a unos pocos mientras se disfrazan de sentido común.

La tarea, entonces, es bastante clara: desmontar la idea de que hay que elegir entre economía y ambiente, ya que esa no es una elección real. Es como discutir si preferís respirar o trabajar. Entonces: el dilema «¿proteger el ambiente perjudica a la economía?» NO. solo representa una falsa grieta que se repite más como excusa perfecta, que como solución de fondo…

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