Colombia nunca parece salir del loop Escobar, Colombia, muerte. Solo que esta vez el tercer elemento no lleva uniforme ni arma, sino cuatro patas, piel gruesa y un apetito digno de cualquier imperio descontrolado.

El gobierno colombiano decidió avanzar con un plan para sacrificar decenas de hipopótamos que, sin pedir permiso ni visa, se convirtieron en ciudadanos de facto. Son descendientes directos de los animales que Pablo Escobar trajo ilegalmente en los años 80 como parte de ese combo narco que mezclaba zoológico privado, exceso y fantasía de poder sin límites. Porque si vas a construir un reino paralelo, por qué no sumarle hipopótamos.

El problema es que los caprichos, como las deudas, tienden a acumular intereses. Según un censo reciente, hay alrededor de 200 ejemplares dispersos por distintas regiones del país. Las proyecciones indican que podrían superar los 1.000 en poco más de una década. Nada mal para cuatro animales fundadores.

Después de la caída de Escobar, los hipopótamos hicieron lo que mejor sabe hacer cualquier especie con condiciones ideales. Sobrevivir y multiplicarse. Sin depredadores naturales, con agua en abundancia y comida fácil, encontraron en Colombia algo así como un all inclusive ecológico. Se expandieron desde la antigua Hacienda Nápoles hasta el río Magdalena, como si estuvieran siguiendo un plan logístico perfectamente diseñado.

La ministra de Ambiente anunció que el Estado planea sacrificar alrededor de 80 hipopótamos a partir del segundo semestre de 2026. Es la primera vez en cuatro décadas que se habilita una medida de este tipo. El operativo incluye también intentos de reubicación y confinamiento, con un presupuesto que ronda los 2 millones de dólares. Traducido al lenguaje cotidiano, el Estado ahora tiene que pagar la cuenta de un zoológico que nunca pidió.

El argumento oficial es simple. Responsabilidad ambiental. Los intentos previos de esterilización no lograron frenar el crecimiento y las negociaciones para trasladarlos a otros países no prosperaron. Nadie parece muy interesado en importar el problema ajeno, algo que en Sudamérica suele funcionar mejor en sentido inverso.

Mientras tanto, los hipopótamos hacen lo suyo. Cada uno consume decenas de kilos de vegetación por día, altera los ecosistemas, desplaza especies nativas y deja su marca en tierras productivas. El manatí del río, por ejemplo, no estaba en el plan original de convivencia. Tampoco los agricultores que ven cómo sus campos se transforman en territorio compartido con un animal que no figura en ningún manual local.

El dato incómodo es que, en su hábitat original en África, el hipopótamo está considerado vulnerable. Pero en Colombia encontró una versión mejorada de la vida. Menos amenazas, más recursos, cero competencia seria. Una especie en riesgo en un continente se vuelve invasora en otro. Globalización versión fauna.

La decisión de avanzar con sacrificios generó rechazo inmediato de sectores animalistas. Voces políticas calificaron la medida como cruel y evitaron cualquier matiz técnico. El argumento es claro. No se puede resolver un problema matando animales sanos, sobre todo cuando la responsabilidad original es humana. El detalle incómodo es que el problema tampoco desaparece por indignación en redes.

A nivel local, la situación tiene un condimento más complejo. Algunos habitantes desarrollaron una relación casi afectiva con los hipopótamos. El turismo asociado generó ingresos y, con el tiempo, la presencia de estos animales dejó de ser una anomalía para convertirse en parte del paisaje. Para muchos, ya no son intrusos. Son vecinos grandes, peligrosos, pero vecinos al fin.

Y ahí aparece la contradicción perfecta. Una especie exótica, introducida ilegalmente, se vuelve parte de la identidad local mientras el Estado intenta corregir un error histórico con herramientas que nadie quiere ver en acción.

El caso no es único en la región, aunque sí particularmente cinematográfico. En Argentina, por ejemplo, la introducción del castor canadiense en Tierra del Fuego derivó en un problema ambiental de escala. Lo que empezó como un intento de impulsar la industria peletera terminó con miles de castores modificando bosques enteros, alterando cursos de agua y generando un impacto ecológico difícil de revertir. La respuesta también incluyó planes de control poblacional y debates incómodos sobre métodos y responsabilidades.

En Chile, el visón americano siguió un camino parecido. Escapado de criaderos, se expandió sin demasiados obstáculos y hoy es una amenaza para aves y fauna local. Otra vez la misma lógica. Una decisión humana de corto plazo, una consecuencia ecológica de largo plazo y una solución que nunca queda bien en ningún titular.

Colombia, entonces, no está inventando el problema. Solo le tocó la versión más extravagante. Porque una cosa es explicar un plan de control de castores y otra bastante distinta es justificar la caza de hipopótamos que alguna vez fueron parte del zoológico privado de uno de los personajes más famosos del continente.

Al final, el dilema es menos zoológico y más humano. Cómo se corrige un exceso del pasado sin generar otro en el presente. Cómo se gestiona una herencia que nadie quiere pero que sigue creciendo. Y sobre todo, cómo se explica que, décadas después, el legado de Pablo Escobar siga generando problemas… ahora con forma de animal simpático, pesado y completamente fuera de lugar.

Porque si algo queda claro es que algunos imperios caen, pero sus consecuencias aprenden a nadar…

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