El negocio que empieza cuando alguien tira algo

Sé que generalmente abordamos el tema de la basura en términos ambientales, con la economía circular como propuesta. Hoy nos gustaría sumarle otras dimensiones, como el valor social y económico de aquello que descartamos.
Hay pocas cosas más democráticas que tirar la basura. Todos producimos, todos descartamos, todos tenemos, por lo menos, una bolsa que sacar a la calle. Pero es después de ese gesto cotidiano cuando empieza la desigualdad, porque lo que para uno es “basura”, para otro puede ser cartón, plástico, vidrio, aluminio, trabajo, materia prima o directamente plata.
Durante años Buenos Aires armó alrededor de ese pequeño gesto una maquinaria bastante sofisticada. El vecino separa —si se acuerda—, las cooperativas recuperan, los recicladores urbanos clasifican, los Centros Verdes procesan y la industria vuelve a comprar buena parte de esos materiales. La máquina tiene engranajes bastante definidos: el Estado organiza y paga, las empresas recolectan, las cooperativas recuperan, la industria transforma. Y nosotros, mientras tanto, seguimos tirando. Un verdadero modelo de economía circular, con la pequeña particularidad de que todavía hay que explicarle a algunos ciudadanos dónde queda el tacho verde.
La basura no desaparece. Cambia de manos.
La Ciudad reconoce actualmente 12 cooperativas de recicladores urbanos, que emplean a unos 6.500 trabajadores y trabajadoras, y cuenta con 16 Centros Verdes donde los materiales son clasificados y procesados para regresar a la industria. Es decir que detrás de esa botella que abandonamos alegremente existe una cadena económica. Nosotros vemos una botella, pero alguien ve PET; vemos una caja y alguien ve cartón; vemos una lata y alguien ve aluminio. La diferencia parece semántica, pero no lo es: tiene precio.
Y ahí aparece una de las ironías de la economía circular. Durante años llamamos “cartoneros” a quienes recuperaban materiales que nosotros llamábamos basura. Ahora que descubrimos que esos materiales tienen valor, inventamos una expresión bastante más moderna: “valorización de residuos”. Suena mucho mejor, sobre todo en una licitación.
El negocio de los próximos diez años
El Gobierno porteño convocó para el 5 de octubre una audiencia pública para discutir los pliegos del futuro Servicio Público de Higiene Urbana. El proyecto contempla recolección, barrido y limpieza, contenedores, recolección puerta a puerta de materiales secos, sistemas de telemetría y un proyecto específico de tratamiento y valorización de residuos. Los nuevos contratos tendrán una duración inicial de diez años.
Sí, diez años. Bastante más que la vida útil de muchas de las cosas que vamos a tirar durante esos diez años.
La basura cambia, los envases cambian, las tecnologías cambian, los gobiernos cambian. Pero el contrato queda. Y por eso la discusión no debería reducirse a quién va a recoger mejor las bolsas. El nuevo esquema incorpora un componente específico para la recolección de materiales secos y otro para su tratamiento y valorización. Ya no estamos hablando solamente de sacar residuos de la ciudad, sino de decidir qué hacemos con aquello que todavía puede tener una segunda vida y quién participa de esa segunda vida.
Porque valorizar significa, justamente, que algo que antes era un costo puede convertirse en un recurso. La basura deja de ser solamente aquello que hay que sacar de la ciudad y pasa a ser algo que puede venderse, procesarse, reutilizarse o transformarse. Excelente. Eso es, en buena medida, lo que promete la economía circular. El problema empieza cuando alguien pregunta qué lugar ocupan dentro de ese nuevo circuito quienes ya estaban recuperando esos materiales mucho antes de que descubriéramos que la basura podía ser un negocio bastante interesante.
El reciclador que estaba antes que el PowerPoint
Hay algo particularmente curioso en todo esto. La economía circular suele presentarse con gráficos impecables. Una flecha sale de un círculo, otra vuelve, alguien sonríe delante de una planta industrial y aparece la palabra “sustentabilidad”. Pero mucho antes de que existieran esos PowerPoint había personas recorriendo las calles para recuperar materiales. Sin sensores, sin inteligencia artificial, sin telemetría y sin “soluciones innovadoras”. Solo un carro.
La Ciudad reconoce que el sistema de recuperadores urbanos no solamente permite recuperar materiales, sino que también genera puestos de trabajo e integración social. Por eso la discusión que viene no es solamente ambiental. Es también laboral y económica, porque cuando un residuo empieza a tener valor, quienes lo recuperan dejan de ser una cuestión secundaria dentro de la cadena.
La basura también viaja
Buenos Aires tampoco está inventando esta discusión. En distintos países de América Latina se viene intentando formalizar la participación de quienes recuperan residuos dentro de los sistemas de gestión y de las nuevas políticas de economía circular.
En Chile, por ejemplo, los llamados recicladores de base fueron incorporados al marco de gestión asociado a la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor. En Colombia, las políticas de economía circular también buscan integrar a los recicladores y fortalecer su participación en la cadena. Y Brasil viene explorando modelos regionales para compartir infraestructura y hacer más eficiente la gestión de residuos.
Las soluciones son diferentes, pero el problema se parece bastante: cómo conseguir que los residuos vuelvan al circuito productivo sin sacar del circuito a quienes históricamente se encargaron de recuperarlos.
Porque una botella puede tener varias vidas. Puede ser un envase, después un residuo, luego una materia prima y finalmente otra botella. La economía circular intenta cerrar ese círculo, pero en el medio hay personas, empresas, cooperativas, industrias y organismos públicos que hacen posible que funcione. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa toda esta discusión: ¿cómo se reparte el valor que genera reciclar?
Porque transformar un problema ambiental en un recurso económico puede ser una enorme oportunidad. La cuestión es si también puede convertirse en una oportunidad social o si terminaremos construyendo otro negocio verde con un tacho de color.
El futuro huele a basura
La audiencia pública del 5 de octubre será, formalmente, para discutir pliegos. Pero detrás de esos pliegos hay diez años de gestión, miles de trabajadores, empresas, cooperativas, industrias y toneladas de materiales que todos los días entran y salen del sistema.
Por eso quizás la discusión sobre la basura sea bastante más importante de lo que parece. No se trata solamente de conseguir que una botella vuelva a convertirse en otra botella. Se trata de decidir cómo se construye ese circuito y quiénes tienen un lugar dentro de él.
Una transición ecológica puede ser eficiente para el ambiente y rentable para la economía. Pero si quienes históricamente recuperaron nuestros residuos quedan afuera del nuevo negocio, habrá algo que no habrá circulado demasiado: el valor.
Mientras tanto, podemos seguir separando plástico, vidrio y cartón, que es, en sí mismo, un buen comienzo. Después habrá que separar algo bastante más difícil: El residuo del negocio…