Y la discusión sobre quién paga la fiesta sigue en modo avión

La inteligencia artificial tiene la ventaja extraordinaria de prometer casi cualquier cosa sin mostrar todavía la factura. El problema aparece cuando hay que enchufarla. Porque detrás de cada chatbot, cada imagen generada y cada promesa de revolución tecnológica hay centros de datos que necesitan electricidad, agua, refrigeración y una infraestructura que, lamentablemente, no se construye con prompts.
En el mundo, las grandes tecnológicas ya descubrieron que la nube tiene una debilidad bastante terrenal, consume una barbaridad de energía. Y ahí aparece el viejo argumento, si queremos competir en la carrera de la IA necesitamos energía abundante, barata y disponible las 24 horas. Y si además sale de una industria que conocemos, factura en dólares y tiene buenos contactos, mejor todavía y en Argentina, ese debate tiene traducción casi automática: Vaca Muerta.
Milei, IA, gas y mercado: ¿qué podría salir mal?
Para La Libertad Avanza, la oportunidad parece hecha a medida. Tenemos gas, renovables, energía nuclear, territorio y, sobre todo, muchas ganas de anunciar inversiones.
La receta libertaria también parece bastante clara, atraer capitales, desarrollar infraestructura, exportar energía y convertir al país en jugador de la economía digital. Y ante las objeciones ambientales aparece la respuesta de siempre, que el mercado decida.
Si una empresa quiere instalar un centro de datos y generar su propia electricidad con gas, ¿por qué impedirlo? Si hay demanda, habrá inversión. Si hay inversión, habrá crecimiento. Y si algo sale mal, siempre quedará la posibilidad de echarle la culpa a alguna regulación “kuka”.
El pequeño detalle es que el mercado no siempre paga todos los costos. Una central puede ser privada, pero las redes, los accesos, el agua, los beneficios fiscales y buena parte de las consecuencias ambientales pueden terminar realizándose. Y tampoco hay garantías de que una inversión tecnológica genere empleo masivo, transfiera conocimiento o deje en el país una parte importante del valor que produce.
Entonces aparece la pregunta: ¿Argentina quiere desarrollar inteligencia artificial o convertirse en el proveedor de energía barato de quienes desarrollan la inteligencia artificial?
Porque convertirse en potencia tecnológica no es lo mismo que convertirse en buen proveedor de electricidad para las potencias tecnológicas. Es la vieja discusión del litio con una interfaz más moderna: ¿extraemos el recurso, cobramos el canon y miramos cómo otro fabrica la batería? Ahora podemos hacer lo mismo, pero con servidores.
El peronismo y la soberanía energética: una historia con varios enchufes
Del otro lado, el peronismo tiene mejores argumentos para discutir el asunto, soberanía energética, industria nacional, empleo, ciencia y desarrollo. La energía no como simple mercancía, sino como herramienta para producir y mejorar la vida de la gente. Suena bien.
El problema aparece cuando miramos el historial. La expansión de Vaca Muerta y la apuesta por convertir a Argentina en exportador energético también forman parte de la estrategia de gobiernos peronistas. Los hidrocarburos fueron presentados como camino hacia los dólares, la autonomía energética y el desarrollo.
No hay contradicción automática entre producir gas y avanzar hacia una matriz más limpia. El problema aparece cuando el supuesto “combustible de transición” empieza a comportarse como una jubilación de privilegio para los combustibles fósiles. Porque los puentes energéticos tienen la curiosa costumbre argentina de nunca llegar al otro lado.
El peronismo podría marcar una diferencia si exige que las inversiones tecnológicas generen empleo calificado, proveedores nacionales, desarrollo científico y transferencia de conocimiento. Pero para eso hace falta algo más que invocar a la industria nacional mientras se celebra cada nuevo récord de producción de hidrocarburos.
La nube tiene sed
Un centro de datos no es una oficina con computadoras y un dispenser de agua. Consume electricidad de manera intensiva y necesita refrigeración permanente. Cuanto mayor es la escala, mayor es también la presión sobre la infraestructura. Y ahí aparece la pregunta que suele quedar escondida detrás del anuncio de inversión: ¿quién recibe la energía, quién paga las nuevas obras y quién se queda con el negocio?
Porque la red eléctrica también tiene que abastecer hogares, hospitales, comercios e industrias. Y el agua, por supuesto, no aparece mágicamente porque una empresa venga con un PowerPoint de varios millones de dólares.
En un país atravesado por sequías, estrés hídrico y conflictos por el acceso al recurso, instalar grandes centros de datos debería implicar bastante más que encontrar un terreno barato cerca de una línea eléctrica.
La IA podrá ser muy inteligente. Sus centros de datos, por ahora, no funcionan con agua imaginaria ni electricidad de PowerPoint.
¿Y si el negocio no era tan maravilloso?
Hay otra pregunta incómoda: ¿cuánto valor queda realmente en Argentina?
Una instalación puede demandar millones de dólares y generar relativamente pocos empleos permanentes. Puede consumir energía y agua locales mientras los principales ingresos del negocio se contabilizan en otra jurisdicción. Y puede terminar utilizando infraestructura pública para alimentar modelos desarrollados y comercializados por empresas extranjeras. Eso no significa que los centros de datos sean una mala inversión. Significa que “vinieron millones de dólares” no debería ser el final de la discusión. Antes de cortar la cinta habría que hablar de eficiencia energética, agua, energía renovable adicional, subsidios, empleo, transferencia tecnológica y obligaciones concretas para las empresas.
Y también hacer las cuentas antes de construir infraestructura gasífera pensando que la demanda de IA crecerá para siempre. Porque si las previsiones fallan, quedan fierros caros. Y si se cumplen, podemos terminar usando la inteligencia artificial como argumento para prolongar la dependencia de fósiles. En ambos escenarios conviene mirar un poco más allá de la foto inaugural.
El algoritmo no vota, pero la factura sí llega
La Libertad Avanza puede presentar el gas como la llave para atraer inversiones y liberar las fuerzas del mercado. El peronismo puede defender la soberanía energética y prometer que los recursos naturales impulsarán la industria nacional. Pero ninguno debería utilizar la inteligencia artificial como excusa para evitar la discusión de fondo.
La pregunta no es si Argentina quiere participar de la revolución tecnológica. Es bajo qué condiciones, con qué energía, a costa de qué recursos y en beneficio de quién. Porque una cosa es alimentar la inteligencia artificial y otra, bastante menos inteligente, es alimentar un negocio privado con recursos colectivos y llamarlo desarrollo nacional.