Cada vez que un incendio consume un bosque ocurre el mismo fenómeno natural. No, no hablamos de los rebrotes, las semillas resistentes al fuego o la recuperación del suelo. Hablamos de algo mucho más predecible: la compulsión humana por plantar árboles inmediatamente.

Parece que el fuego todavía no terminó de apagarse y ya aparecen funcionarios anunciando planes millonarios de reforestación, empresas organizando jornadas de voluntariado y ciudadanos convencidos de que un plantín alcanza para corregir lo que la naturaleza lleva millones de años resolviendo sola.

Porque en nuestra especie existe una certeza inquebrantable: si intervenimos, debe ser mejor. Spoiler: muchas veces no…

Esta semana lei del ingeniero forestal Ferran Dalmau, una verdad incómoda para la industria del hagamos algo. “Entrar a un área incendiada para plantar árboles puede ser un error monumental. No porque reforestar sea malo, sino porque hacerlo sin entender cómo funciona un ecosistema suele ser la manera más eficiente de gastar recursos… y producir árboles muertos”. Pero claro, un bosque regenerándose solo tiene un problema gravísimo: no genera fotos institucionales.

La naturaleza no necesita un community manager

Existe una idea profundamente antropocéntrica según la cual un incendio deja un terreno vacío esperando instrucciones. Como si el bosque estuviera mirando alrededor y diciendo: «Bueno… ¿ahora que hacemos?» La realidad es bastante menos dramática.

Los ecosistemas tienen memoria. Rebrotan. Germinan. Seleccionan naturalmente las especies capaces de sobrevivir. Adaptan su estructura. Evolucionan. Llevan haciendo eso desde muchísimo antes de que inventáramos los drones para contar plantines. Pero nosotros seguimos convencidos de que el proceso necesita supervisión.

Es curioso. La mayoría de los incendios son ocasionados por la misma especie del ecosistema (nosotros) y luego de hacer el daño y, desconfiando de la capacidad de regeneración de la naturaleza, proponemos ciegamente campañas que prometen plantar cien mil árboles en una mañana y olvidarse de ellos al lunes siguiente.

Plantar árboles también puede ser una forma de destruir un bosque. Esta es la parte que incomoda. No toda forestación restaura. De hecho, hay forestaciones que interrumpen procesos naturales que ya estaban funcionando.

Introducir especies equivocadas, plantar donde el monte está rebrotando por sí solo, compactar suelos con maquinaria, alterar comunidades vegetales o crear bosques homogéneos son maneras bastante sofisticadas de llamar «restauración» a una intervención que termina degradando el ecosistema. Es el equivalente ecológico a romperle una pierna a alguien para enseñarle a caminar.

El problema no es plantar. Es el ego.

Dalmau no dice que nunca haya que reforestar. Dice algo mucho más difícil de aceptar: primero hay que observar, esperar, entender, monitorear y recién entonces decidir si intervenir. Pero vivimos en una cultura donde esperar parece una derrota. Un bosque quemado nos duele, es una imagen de posguerra y no podemos tan solo ser parte de la biodiversidad, decidimos ser dueños y meter mano sin observar primero. Y además nuestras urgencias. Todo debe ser inmediato. Incendio el lunes. Plantación el sábado.Video institucional el domingo. Bosque restaurado… según el comunicado de prensa.

Restaurar no es llenar un terreno de árboles. Hay una diferencia enorme entre reforestar y regenerar. Forestar puede hacerlo cualquiera con presupuesto, un vivero y una pala. Regenerar implica comprender procesos ecológicos complejos, respetar la sucesión natural, trabajar con especies adaptadas al clima futuro y acompañar durante años aquello que se decidió intervenir. Es bastante menos épico pero muchísimo más efectivo.

La obsesión por corregir a la naturaleza

Quizás el verdadero incendio sea otro. Nuestra incapacidad para aceptar que la naturaleza no siempre necesita ser salvada por quienes llevan décadas degradándola. Nos cuesta creer que un bosque pueda recuperarse sin una licitación, un acto oficial o una campaña de responsabilidad social empresaria. Nos tranquiliza plantar, aunque los árboles mueran. Porque lo importante nunca fue el bosque, era la sensación de querer reparar nuestras faltas y haber hecho algo. (otra vez nosotros) Y ahí está la diferencia entre la forestación como espectáculo y la restauración como ciencia.

Porque si un gobierno, una empresa o un propietario privado quieren reforestar, deberían empezar por una idea revolucionaria: dejar de creer que saben más que el ecosistema que intentan reparar. La mejor restauración no es la que planta más árboles. Es la que entiende cuándo hace falta plantar… y cuándo lo más inteligente es correrse un paso y dejar que la naturaleza haga aquello para lo que nunca necesitó consultores.

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