Estos resultados nuevos dejan bastante claro que respirar humo no es tan “inofensivo” como muchos pensaban, y que los efectos en el cerebro podrían ser más serios de lo que se creía hasta ahora.

La investigación se apoya en pruebas bastante firmes que muestran que el humo de los incendios forestales es súper dañino para la salud, incluso mucho peor que respirar gases de escape de autos u otros contaminantes de combustibles fósiles. Cuando se quema la vegetación, se liberan partículas diminutas que se meten hasta el fondo de los pulmones y pasan al torrente sanguíneo. Eso puede empeorar problemas como el asma y, según estudios recientes, también afectar órganos internos.

En los últimos años, varios científicos empezaron a sospechar que incendios grandes —como el que afectó a la Patagonia argentina, sobre todo en zonas de Chubut como Epuyén, El Hoyo y el Parque Nacional Los Alerces— no solo dañan el ambiente, sino también la salud neurológica. Aun así, todavía se sabe poco sobre cómo el humo influye en el desarrollo del cerebro. Dos estudios recientes aportan más información sobre cómo se combinan los factores genéticos y ambientales en el trastorno del espectro autista, siguiendo la línea de investigaciones anteriores que ya habían encontrado vínculos entre la contaminación del aire y ciertas discapacidades del desarrollo.

El primer estudio, publicado en la revista Environmental Science and Technology, revisó datos de más de 200.000 chicos nacidos en el sur de California entre 2006 y 2014. Encontraron que los niños cuyas madres estuvieron expuestas a 10 o más días de humo durante el tercer trimestre del embarazo tenían un 23 % más de probabilidades de recibir un diagnóstico de autismo a los 5 años. En los casos en que la exposición fue de entre seis y diez días, el riesgo aumentaba un 12 %.

Un dato llamativo es que no fue tan importante la concentración promedio de humo durante todo el embarazo, sino la cantidad de días concretos de exposición en el tercer trimestre. Incluso un solo día podía influir. En otras palabras: cuanto más humo, peor.

El investigador principal explicó que todavía no se sabe con exactitud por qué pasa esto, pero esperan que estudios futuros ayuden a entender mejor el fenómeno. También creen que sería útil analizar cuánto tiempo pasaban las personas al aire libre durante los incendios o si usaban mascarillas que filtraran partículas.

El segundo estudio, publicado en Environment International, analizó una base muchísimo más grande: unos 8,5 millones de nacimientos en California entre 2001 y 2019. También encontró relación entre el humo de incendios y diagnósticos de autismo, aunque con resultados un poco más matizados. Cuando se miraba el promedio general de exposición, la conexión era débil. Pero en los casos de exposiciones intensas —especialmente en el 10 % más alto— la relación se volvía bastante más fuerte.

Además, el vínculo era más evidente en personas que vivían en zonas donde la ciudad se mezcla con áreas naturales y que normalmente no están expuestas a altos niveles de contaminación. Para las mujeres con mayor exposición al humo y que residían en lugares con aire relativamente limpio, la probabilidad de tener un hijo con autismo era hasta un 50 % mayor comparado con quienes tuvieron menos contacto con el humo. Los investigadores se aseguraron de descontar otros tipos de contaminación para no mezclar los resultados.

Los expertos remarcan que ambos estudios son muy grandes y que, cuando distintas investigaciones llegan a conclusiones parecidas, la evidencia gana fuerza. Aun así, el debate sigue abierto: el autismo se considera en gran parte genético, pero cada vez hay más interés en entender cuánto influyen los factores ambientales.

Con los incendios forestales volviéndose más frecuentes e intensos en varias regiones del mundo, la ciencia está prestando cada vez más atención a sus efectos en la salud. En pocas palabras: si hacía falta otra razón para preocuparse por los incendios, ya la tenemos.

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