Ese símbolo de las tres flechas en triángulo con un número adentro lo conocemos todos. Apareció en envases de plástico en EE.UU. en 1988 y llegó a Argentina recién a mediados de los 90 en productos importados. Desde los 2000 empezó a usarse fuerte en la industria local.
La idea no surgió como un gesto ecológico, sino como una estrategia de la Sociedad de la Industria del Plástico (SPI) para ordenar un caos: había demasiados tipos de plásticos, con distintos puntos de fusión y propiedades, y los recicladores no sabían qué hacer con ellos.
El plástico no es un único material. Son muchos, todos con bases parecidas (petróleo) pero muy distintos entre sí. Esa variedad complicaba muchísimo el reciclaje. A fines de los 80, lo único que realmente se reciclaba en volúmenes importantes era el PET (botellas descartables) y el HDPE (bidones de detergente). El resto iba a vertederos, incineradores o, en el mejor de los casos, se convertía en materiales de construcción de calidad inferior.
Los problemas no eran solo técnicos. El plástico es barato y liviano, lo que lo hacía atractivo para los fabricantes, pero poco interesante para los recicladores: los camiones se llenaban antes de pesar lo suficiente como para que fuera rentable. Y algunos plásticos, como el poliestireno expandido (telgopor), eran directamente inviables porque eran casi todo aire. Además, las bolsas y películas plásticas trababan las máquinas de separación.
Ante ese escenario, Lewis Freeman, de SPI, propuso en 1987 crear un código de identificación de resinas. No para los consumidores, sino para los recicladores. Así podían distinguir de qué estaba hecho cada envase. Muchos fabricantes no estaban convencidos. Temían que, al poner un código, las marcas rechazaran los plásticos que no tenían mercado de reciclaje. Pero Freeman insistió: mejor un sistema propio que regulaciones estatales más duras. Y ganó la pulseada.
En 1988 nació el código con sus siete categorías:
1 PET – botellas de agua y gaseosa.
2 HDPE – bidones de detergente, bolsas resistentes.
3 PVC – tarjetas, blisters de medicamentos.
4 LDPE – bolsas de basura, guantes descartables.
5 PP – potes de yogur, tapas, mermeladas.
6 PS – cubiertos descartables, vasos, bandejas de telgopor.
7 Otros – mezcla de plásticos, multilaminados y bioplásticos.
El truco de marketing fue meter esos números dentro del famoso símbolo de reciclaje de tres flechas. Ese ícono había sido diseñado en 1970 por Gary Anderson para un concurso del Día de la Tierra, originalmente vinculado al papel. Era un símbolo con buena prensa, asociado a “ser verde”.
La SPI siempre dijo que su código no quería dar a entender que los plásticos eran reciclables. Pero, claro, al ver el triángulo con flechas, el consumidor asumía exactamente eso. Y ahí empezó la confusión que sigue hasta hoy.
A los pocos meses de creado, el código empezó a aparecer en todo tipo de envases: Colgate lo puso en botellas de detergente, P&G en frascos de manteca de maní, botellas de aceite, incluso en los vasitos medidores de plástico que venían dentro de los detergentes.
El problema es que muchos de esos envases no tenían destino real de reciclaje. Por ejemplo, los vasitos medidores eran de poliestireno (número 6), que no se reciclaba en la mayoría de las ciudades. Pero el código daba la impresión contraria.
En los 90, 39 estados de EE.UU. incorporaron el código por ley en envases plásticos rígidos. Las empresas aprovecharon y lo empezaron a imprimir en casi todo, incluso en envoltorios flexibles imposibles de reciclar. Para reforzar la idea, muchas marcas agregaban la frase “Por favor, recicla”. Así, el consumidor quedaba convencido de que estaba comprando un producto más “amigable” con el ambiente.
En la práctica, nada cambió demasiado: PET y HDPE siguieron siendo los únicos con mercado, y aun así terminaban en productos de menor calidad. Los demás plásticos seguían el mismo destino de siempre: rellenos sanitarios o incineración.
Lo que sí cambió fue la percepción pública. Ese pequeño triángulo se transformó en un sello de “ecológico”, aunque no garantizara absolutamente nada. Fue, en palabras simples, un lavado verde de manual.
Con el tiempo, incluso las empresas que al principio no querían el código terminaron adoptándolo porque les convenía mostrarse como “responsables”. El símbolo pasó a estar en todos lados, desde botellas hasta paquetes de galletitas, más como un escudo de marketing que como una herramienta de reciclaje real.
Hoy, más de 30 años después, el código sigue en uso y las categorías no cambiaron. Pero la confusión también sigue intacta: la mayoría de la gente cree que, si un envase tiene el triángulo con un número, significa que se recicla. En realidad, lo único que asegura es de qué plástico está hecho. Y, salvo en algunos casos, eso no implica que tenga un destino de reciclaje asegurado.
En Argentina lo vimos llegar más tarde, primero en los 90 en envases importados y luego en los 2000 con la industria local. La confusión fue la misma: se instaló la idea de que el plástico era reciclable solo porque llevaba un número dentro de las tres flechas.
Al final, lo que nació como un sistema técnico para ordenar a los recicladores terminó siendo una de las campañas de marketing verde más efectivas de la historia. Un símbolo simple, fácil de recordar y con una carga positiva, que sirvió más para limpiar la imagen de la industria del plástico que para resolver el problema de fondo.