Esta semana me crucé con un comentario que me llevó a la reflexión y al teclado. Decía: “No veo cómo Argentina puede cumplir sus compromisos climáticos si al mismo tiempo expande la producción de carne para Estados Unidos”. Lo firmaba una especialista en temas ambientales de un organismo de conservación de, nada más ni nada menos que Estados Unidos, en medio del flamante acuerdo para venderles más carne.
Y pensé: Cierto!… Pará… ¿no estábamos en crisis climática? ¿No importaban las emisiones? ¿No teníamos compromisos internacionales y todo eso? Ah, cierto… eran otros tiempos, parece.
Porque en esta nueva versión de Argentina, de golpe nada de eso pesa demasiado. El único KPI que quedó en pie es “crecer”. ¿Glaciares? Crecer, ¿Leyes ambientales desfinanciadas? Crecer. ¿Deforestación habilitada por reordenamientos mágicos? Crecer ¿Triplicar vacas? Obvio, crecer. El planeta puede esperar, las arcas no.
Queremos ser claros en esto porque si no lo decimos nosotros quien lo va a decir. «Comer más carne no es precisamente un mimo al clima«. Pero bueno, detalles.
Hace unas semanas, desde Washington anunciaron con bombos y platillos que iban a importar 80.000 toneladas métricas extra de carne argentina, sin aranceles, para “ayudar a bajar precios en supermercados”. Una medida solidaria, casi altruista… salvo por el pequeño detalle de que a los propios ganaderos estadounidenses no les cayó muy simpática la idea. La clásica discusión de siempre: importaciones vs. producción local. Nada nuevo bajo el sol.
Lo interesante es que, más allá de si el acuerdo es popular o no, el ambiente seguramente no está festejando. Más vacas significa más metano, más uso de suelo y más presión sobre ecosistemas. Da igual si la vaca rumia en Texas o en La Pampa, el gas llega igual a la atmósfera, no pide visa.
Encima, el mundo ganadero ya viene golpeado por sequías históricas, olas de calor y costos de producción por las nubes. O sea, el clima ya está pasando factura… y la respuesta parece ser produzcamos más de lo que justamente agrava el problema. Lógica circular nivel dios.
En Argentina, gran parte del ganado todavía se cría a pasto, que suele venderse como la opción “más natural”. Y sí, comparado con los feedlots industriales suena mejor… hasta que recordás la deforestación necesaria para abrir más campos. Del otro lado, los sistemas intensivos contaminan aire, agua y vecindarios enteros. O sea, la elección es algo así como ¿preferís el combo A o el combo B del menú de daños colaterales?. Aquí hago la salvedad de la Ganadería Regenerativa que viene los últimos años haciendo mucho esfuerzo y cosechando grandes logros en bien del planeta y sus habitantes.
Algunos especialistas lo dicen sin vueltas: la única solución real sería comer menos carne. Idea que, por supuesto, compite directamente con la estrategia global de “comamos cada vez más proteína animal porque… crecimiento”.
En el fondo, todo este acuerdo comercial que se vende como triunfo épico revela algo bastante menos glamoroso: la agricultura y la ganadería están en la primera línea de la crisis climática… y al mismo tiempo la alimentan. Para sostener la demanda, se deforesta, se importan granos de países vecinos que también deforestan, se tensionan ecosistemas que funcionan como sumideros de carbono… pero tranquilos, que el PBI sonríe.
En resumen: lo que se presenta como una gran victoria económica también puede leerse como otro capítulo del clásico “crecer ahora, vemos después”. Y lo más irónico es que esta vez no lo dicen solo ambientalistas locales, también lo están murmurando en la mismísima tierra del Tío Sam. Porque cuando hasta tus compradores te advierten que el negocio viene con factura climática… quizá no era solo humo. Aunque, bueno, humo también hay.