Sé que te resulta muy duro el título de esta nota pero eso no es nada, más difícil resulta saber que como consumidores ciegos formamos parte de esta maquinaria perversa. 

La moda siempre prometió glamour, identidad y un poco de magia. Lo que no aclaró es que, en el camino, iba a dejar montañas de ropa en el desierto, ríos teñidos de químicos y una huella ambiental digna de una película apocalíptica. 

Empecemos por Atacama, Chile. Uno de los lugares más áridos y hermosos del planeta, tan extremo que sirve de entrenamiento para misiones a Marte. Allí, donde casi no llueve y la vida es resistencia pura, crecen desde hace más de veinte años unas enormes montañas de ropa usada. Camisetas, jeans, vestidos y zapatillas descartadas forman verdaderos cerros textiles. En 2022, uno de esos montículos (100.000 toneladas de ropa) se incendió. El equivalente aproximado a un portaaviones, pero de poliéster.

No fue un accidente aislado. Chile, gracias al puerto libre de impuestos de Iquique, se convirtió en uno de los grandes receptores de ropa usada del mundo. Las mejores prendas se revenden ¿Economía circular?, ponele, el resto (la enorme mayoría) termina en el desierto o quemada, mientras las comunidades cercanas respiran aire contaminado y el problema se convierte en un secreto a voces que ningun “Che-huevon” parece apurado en resolver.

Pero no nos engañemos: el problema no es Chile. El problema es la industria textil global.

Una máquina de producir, contaminar y descartar

Hoy se producen alrededor de 170.000 millones de prendas al año. Sí, miles de millones. Aproximadamente la mitad se descarta en menos de doce meses. Y casi todas dejan algún tipo de daño ambiental en el camino. El sector textil genera hasta el 10 % de las emisiones globales, es el segundo mayor contaminante de agua del mundo y compite cómodamente en el podio de las industrias más destructivas del planeta.

No siempre fue así. Durante décadas, acuerdos comerciales como el Acuerdo Multifibras limitaron la velocidad y el volumen de producción. Pero su final en 2005 abrió las compuertas. China, Bangladesh y otros países comenzaron a inundar los mercados occidentales con ropa barata. Luego llegó el combo perfecto: comercio electrónico, lagunas legales como el “de minimis” en EE. UU. y gigantes como Shein y Temu, capaces de diseñar, producir y enviar una prenda en cuestión de días. Resultado: moda ultrarrápida. Ropa pensada para durar poco, usarse menos y descartarse rápido.

De qué está hecha tu ropa (y por qué importa)

Casi el 70 % de los textiles actuales son fibras sintéticas. Principalmente poliéster, un derivado directo del petróleo. Barato, versátil y omnipresente. También altamente contaminante. Su fabricación emite cantidades obscenas de CO₂ y, durante toda su vida útil, libera microplásticos que terminan en ríos, océanos… y en nuestros cuerpos.

¿Y las fibras naturales? Tampoco son inocentes. El algodón, por ejemplo, requiere enormes cantidades de agua y pesticidas. Un solo conjunto clásico de jeans y remera puede demandar cerca de 2.000 litros de agua, sin contar la lluvia. Y aunque ocupa menos del 3 % de la tierra cultivable, el algodón consume alrededor del 10 % de los insecticidas del mundo.

Otras fibras “alternativas”, como la viscosa, implican la tala de millones de árboles, muchos provenientes de bosques primarios. Y las mezclas de fibras tan comunes hoy, hacen que reciclar ropa sea un rompecabezas técnico y económico.

Teñir, lavar, contaminar

El siguiente paso en esta cadena es el teñido. Un proceso tan tóxico que se le atribuye cerca del 20 % de la contaminación hídrica mundial. Metales pesados, lejía, químicos persistentes y residuos industriales terminan en ríos y acuíferos. El río Citarum, en Indonesia, es uno de los ejemplos más extremos: alguna vez fue una fuente de vida; hoy es uno de los ríos más contaminados del planeta.

A eso se suma un detalle encantador: cada lavado de ropa sintética libera microfibras plásticas. Se estima que medio millón de toneladas de microplásticos llegan al océano cada año solo por lavar ropa. Spoiler: no desaparecen.

La velocidad como problema central

La moda rápida se volvió aún más rápida. Las marcas tradicionales lanzan colecciones por temporada. Las de fast fashion, docenas por año. Las ultrarrápidas, miles de productos nuevos por día.

Este sistema genera sobreproducción crónica. Inventarios que no se venden, descuentos eternos, Black Fridays agresivos y, en muchos casos, destrucción directa de prendas para “proteger la marca”. Se estima que el excedente global puede alcanzar decenas de miles de millones de prendas al año.

Paradójicamente, algunas marcas ultrarrápidas son “eficientes” en términos de inventario. Shein produce pocas unidades por diseño y ajusta según datos. Pero esa eficiencia se paga en otro lado: envíos aéreos masivos, millones de paquetes diarios y una huella de carbono que se disparó hasta los 16 millones de toneladas de CO₂ en un solo año.

Del armario a la basura (en tiempo récord)

Un jeans de moda rápida se usa, en promedio, siete veces antes de ser descartado. Siete. Su huella de carbono por uso es hasta once veces mayor que la de un jean tradicional. Incluso cuando donamos ropa, muchas veces termina en vertederos o incinerada.

Hoy solo el 1 % de la ropa usada se recicla para convertirse en ropa nueva. El resto se pierde en un sistema que todavía no sabe qué hacer con su propio exceso.

¿Hay salida o seguimos comprando como si nada?

La palabra de moda es “circularidad”: alargar la vida útil de la ropa, reutilizar, reparar, reciclar. Hay avances, regulaciones en Europa, leyes en California y Francia, y marcas que empiezan a hacerse cargo del ciclo completo de sus productos. Pero el cambio es lento, costoso y choca contra el verdadero elefante en la habitación: la velocidad.

Podés usar mejores materiales, reducir químicos y medir impacto. Pero si seguís produciendo más y más rápido, el problema sigue intacto.

Como dijo una diseñadora sostenible con brutal honestidad: si consumimos igual de rápido, aunque la prenda sea “mejor”, ¿realmente hicimos algo distinto?

Se vienen las fiestas y con ellas la marea de compras, pensalo, quizas no necesites estrenar algo nuevo parecido al que ya tenes, quizás tu amiga/o invisible tenga muchas remeras o pañuelos aunque sean de algodón orgánico. La industria textil no necesita solo telas nuevas. Necesita frenar, repensarse y dejar de comportarse como un parásito de un planeta exhausto. Porque, no hay armario infinito en un mundo finito.

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