Las guerras tradicionalmente se miden en kilómetros conquistados, vidas arrasadas y economías destrozadas. Pero parece que el siglo XXI vino a modernizar hasta eso, ahora también se contabilizan en toneladas de CO₂. Porque si algo le faltaba a un conflicto armado era, además, acelerar el calentamiento global.
En apenas dos semanas de enfrentamientos entre Estados Unidos, Israel e Irán, se liberaron más de 5 millones de toneladas de gases de efecto invernadero. Un número lo suficientemente obsceno como para incomodar incluso a quienes todavía creen que la crisis climática es un problema “a largo plazo”. Resulta que no, ya que también se puede bombardear el futuro en tiempo real.
Según un análisis, mientras drones, misiles y bombardeos hacían lo suyo en Medio Oriente, el aire se llenaba de algo más que humo simbólico. Infraestructura energética en llamas, ciudades dañadas y operaciones militares que consumen combustible convirtieron la región en una especie de laboratorio de emisiones a cielo abierto. Pero claro, de esto se habla poco. Porque en la lista de daños colaterales de una guerra, el clima suele quedar bastante abajo, ahí donde no incomoda demasiado.
La guerra también tiene huella de carbono
Durante décadas, los impactos ambientales de los conflictos se midieron en términos más “visibles”: contaminación local, ecosistemas destruidos, crisis humanitarias. Todo muy tangible. Pero ahora aparece una nueva categoría incómoda, se trata de cuánto contribuye una guerra al desborde del presupuesto global de carbono. Y la respuesta no es precisamente tranquilizadora.
Las emisiones generadas en solo 14 días equivalen a lo que algunos países producen en meses o incluso años. Es decir, mientras algunos gobiernos piden apagar la luz y separar residuos, otros prenden fuego medio mapa y suman millones de toneladas de CO₂ en cuestión de días. Para quienes trabajan en sostenibilidad, esto no debería sorprender. La seguridad global y la política exterior forman una sociedad bastante más sólida que cualquier compromiso climático firmado en una cumbre internacional.
Destruir ciudades emite carbono
Uno de los grandes aportes de la guerra al cambio climático, (porque sí, tiene varios), es la destrucción de infraestructura.
En los primeros días del conflicto, cerca de 20.000 edificios civiles fueron dañados. Y no es solo una tragedia social y económica, también es una bomba de carbono diferida. Entre colapsos estructurales, materiales liberados y futuras reconstrucciones, este segmento generó alrededor de 2,4 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Traducido: cada edificio que cae no solo deja escombros, sino también una deuda ambiental que puede tardar décadas en saldarse. Pero bueno, eso se verá después, cuando toque reconstruir… con más cemento, más energía y más emisiones.
Ese detalle que nadie quiere mirar
Las guerras modernas funcionan con un insumo básico: combustible. Mucho combustible. En este caso, bombarderos operando a miles de kilómetros, buques en movimiento constante y vehículos de apoyo consumieron entre 150 y 270 millones de litros en apenas dos semanas. Resultado: unas 529.000 toneladas de CO₂ liberadas. Nada mal para un sistema que rara vez aparece en los debates sobre transición energética. Porque mientras se discute si conviene usar sorbetes de papel, la maquinaria militar global sigue funcionando como si el petróleo fuera eterno.
Cuando la metáfora se vuelve literal
Si había alguna duda sobre el impacto ambiental, los incendios en depósitos de combustible cerca de Teherán se encargaron de despejarla, junto con toneladas de humo negro.
Entre 2,5 y 5,9 millones de barriles de petróleo se quemaron en ataques y represalias. Eso liberó cerca de 1,88 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Y de paso, dejó postales dignas del paraíso fallido, cielos oscuros, aire irrespirable y lluvia negra.
Un combo bastante completo: crisis climática, contaminación del aire y riesgos sanitarios, todo en un mismo paquete. Pero con efectos visuales impactantes, eso sí.
Destruir armas también contamina
Incluso cuando se destruye equipamiento militar, el clima paga la cuenta.
Aeronaves, barcos y sistemas de misiles tienen un enorme “carbono incorporado” por su fabricación. Cuando son destruidos, todo ese impacto se materializa. En solo dos semanas, esto representó unas 172.000 toneladas de CO₂ equivalente.
A eso hay que sumarle el uso intensivo de armamento: miles de misiles, drones y sistemas de defensa activados como si fueran recursos ilimitados. (Spoiler: no lo son).
Si se proyecta este ritmo de emisiones a lo largo de un año, el resultado compite tranquilamente con las emisiones anuales de varios países. Todo esto en un contexto donde los científicos repiten, cada vez con menos paciencia, que el margen para evitar superar los 1,5 °C de calentamiento global ya no existe. Pero claro, nada dice “prioridades globales” como liberar millones de toneladas de CO₂ mientras se discute cómo reducirlas.
El costo invisible (hasta que deja de serlo)
Las guerras siempre dejan cicatrices visibles: ciudades destruidas, desplazamientos masivos, crisis humanitarias. Eso ya lo sabemos. Tambien sabemos que las heridas sociales que deja la guerra perdura varias generaciones pasado el conflicto.
Lo que recién empieza a quedar claro es que también dejan una huella menos evidente, pero igual de profunda que es su impacto climático.
Y acá aparece la ironía mayor: muchos de estos conflictos están, directa o indirectamente, vinculados a la geopolítica de los recursos. Es decir, se pelea por lo que, al usarse, empeoran la crisis que después todos dicen querer resolver. Un círculo perfecto.
En un mundo que intenta, al menos en los discursos, reducir emisiones con urgencia, cada guerra funciona como un acelerador brutal del problema. No solo por lo que destruye en el presente, sino por lo que compromete a futuro.
Entender esta dimensión no va a frenar un conflicto. Pero al menos obliga a reconocer algo bastante incómodo: mientras se discuten soluciones climáticas, también se están financiando retrocesos a gran escala. Y esos, como suele pasar, después los paga todo el mundo.
La guerra no es de las naciones en conflicto es un ataque a la humanidad entera, un persistente bombardeo al futuro…