En un mundo obsesionado con detalles menores como el aumento de la temperatura global, la destrucción de los ecosistemas o el leve inconveniente de romper año a año los límites planetarios, el presidente Javier Milei decidió poner las cosas en su lugar: El problema no es el planeta, el verdadero problema son “Los idiotas” que intentan cuidarlo.
Así nació una de las grandes contribuciones conceptuales de la política contemporánea: el “ambientalismo idiota”. Una categoría novedosa que agrupa a científicos, organismos internacionales, acuerdos globales, y básicamente a cualquiera que considere que incendiar la casa mientras uno vive adentro puede no ser una estrategia ideal.
Pero ojo, Milei no se quedó en una frase. No. Sería injusto reducirlo a un exabrupto. Estamos ante una obra maestra de la ciencia ficción extraordinariamente coherente.
En una de sus reflexiones más memorables, el presidente advirtió, “No sea cosa que, con esto de cuidar la Tierra… haya que destruir al ser humano”
Convengamos que es una preocupación válida. Después de todo, cuidar el lugar donde vivimos siempre fue una pendiente resbaladiza. Hoy proteges un glaciar, mañana estás respirando aire limpio sin autorización del mercado.
La lógica se vuelve aún más interesante cuando se la lleva al terreno concreto. Según Milei, una empresa podría “contaminar un río todo lo que quiera”. Porque, claro, el problema no sería la contaminación, sino la falta de… propiedad privada sobre el agua. ¿Capisce?
Una solución elegante, porque si el río tiene dueño, contaminar deja de ser un problema ambiental y pasa a ser un inconveniente contractual. Nada que un buen abogado no pueda arreglar. Los peces, por ahora, no han sido consultados.
En línea con esta visión, Milei también aportó claridad científica al debate global: “El calentamiento global es una mentira del socialismo”, “Todas esas políticas que culpan al ser humano… son falsas”. Entonces parece ser que miles de estudios, el IPCC, la NASA, universidades de todo el mundo… son todos aparentemente víctimas de una elaborada conspiración para incomodar a las mineras, lo que constituye un esfuerzo coordinado impresionante, la verdad.
Glaciares, esos excesos sólidos
Y asi llegamos a la controversia de estos días, con un senado (excluidos por falta de méritos del grupo idiotas) dándole media sanción al proyecto de modificación a la emblemática y ejemplar Ley de Glaciares, una audiencia pública sin público y un puñado de diputados que no entienden de lo que se esta hablando pero intentado convencer a los que si saben, en fin… «e un mondo defficile»…
En este contexto, no sorprende que el debate haya derivado en un diagnóstico contundente que afirma que quienes buscan protegerlos serían, básicamente, idiotas, al fin y al cabo, los glaciares tienen la pésima costumbre de almacenar agua dulce, regular ecosistemas y sostener comunidades. Claramente, demasiado protagonismo para un cubito de hielo que no genera dólares, o pesos en realidad que le gustan tanto al Tesoro de los Estados Unidos por estos dias…
Pero si todo esto te parece un cuento de Edgar Allan Poe, espera no te vayas que hay más. La coherencia no termina en el discurso local. A nivel internacional, Argentina eligió explorar el fascinante camino de quedarse sola. Se retiró de espacios climáticos globales como cuando “El Javo” decidido retirar a la delegación argentina de la Conferencia de Naciones sobre Cambio Climático (COP29) que se llevó a cabo en Bakú, Azerbaiyán, o como cuando Criticó la Agenda 2030 y el Pacto del Futuro de la ONU, tildándola de programa internacional de «corte socialista» que busca restringir el desarrollo productivo.
Una estrategia diplomática audaz, si todo el mundo está de acuerdo en algo, probablemente esté equivocado.
El verdadero problema
Así llegamos al punto central. No es el fuego, no es el deshielo, no es la sequía. No es el aumento de la temperatura global.
El problema es esa gente incómoda que insiste que las acciones tienen consecuencias, esa gente que habla de límites, de equilibrio, de futuro, ese “ambientalismo idiota” que cree que vivir en un planeta habitable no es un lujo ideológico sino una condición bastante básica, ese ambientalismo tan, pero tan idiota que se considera una especie mas, no el dueño de la biodiversidad y que por sobre todo vive en un planeta finito y no en una gondola de supermercado con repositores cargandola constantemente para abastecer el consumo.
En conclusión quizás dentro de unos años, cuando el debate ya no sea sobre leyes sino sobre supervivencia, alguien recuerde esta discusión, y tal vez, solo tal vez, la pregunta deje de ser quién era el idiota, y pase a ser algo más simple: ¿Cómo fue que los idiotas decidimos tener un presidente tan lúcido en el sillón de Rivadavia?…